Muchacho R
La pregunta no es si de verdad me
gusta, sino de qué tanto le gusto yo a ella. Se pone tan nerviosa cuando me
acerco a hablar con ella. Aunque es la primera mujer que no se delata con las
miradas, esa llamada y el mensaje de la otra vez no son algo casual. Eso no lo
hacen los amigos. ¡Pero qué piel tan suave debe tener! Bueno eso es lo que
presumo con lo que veo. Si, es bella como muy pocas mujeres lo son. Pero lo
particular en esta cosita bella es su actitud. Esa sencillez… Esa naturalidad. Parece
una niña. Inocente, pura. A lo mejor por eso es que me siento como adolescente,
cuando la veo. Y cuando pienso en ella…. Me siento como si fuera a vivir
eternamente. Y entonces las
incertidumbres desaparecen. Las preocupaciones también. Porque ya el tiempo no
es mi enemigo y luego lo que no tuve ayer lo obtendré hoy. No importa nada.
Nada me preocupa. Enfrento todo con optimismo y con pasión porque la vida es un
animal que hay que domar, y el destino es una mujer que hay que conquistar.
Bueno pero hablando de cosas
prácticas, yo tengo que ser precavido. Tengo que dejar a un lado las ilusiones
que no encuentran eco. Las palabras que no vinculan celos. Tengo que actuar
como roedor, como gacela precavida, como ave en las serranías, que mira para
los lados cuando baja del árbol…. ¡Epa! Se
supone que debía escribir sobre cosas más terrenales, prácticas y tangibles.
Sin embargo, esto último puede servir para el Volumen 5.
Bueno, en cuanto a lo que aprendí.
Se gana más con la dependencia de los demás hacia ti que con la que uno
construye en base a los demás. Entonces, tengo que adiestrar a mis instintos y
a mi razón para que mi perfil no sobresalga de la muchedumbre. Tengo que ser
discreto, sereno, tranquilo. La sinceridad es un suicidio en estos asuntos.
Decir todo lo que siento en un primer momento es el único comportamiento
honesto que lo hace ver a uno desagradable o por lo menos, poco atractivo.
Y para completar… esos ojitos. ¿De
qué color serán? Bueno, es cuestión de tiempo saberlo. Y esos labios. Me
colgaría de ellos como los intelectuales a los libros. Como los músicos a sus
instrumentos. Como las ardillas a las ramas… Como los malandros a…. ¡Hay! ¡¿Qué estoy diciendo?!
Pero no me siento grande con todo
esto. No hay nada seguro. Si fuera así entonces ya hubiera perdido todo el
interés por ella. Y más bien mi atracción se agranda cuando son más los días en
que no he tenido la oportunidad de hablarle. Así se aclararán todas mis dudas,
aunque son tan deliciosas como el chocolate del Brownie. Creo que si los seres
humanos pudiéramos adivinar el futuro, toda la magia y la dulzura de los
momentos previos a decidir hacer pareja, se acabarían como los fuegos
artificiales en enero. Por eso no creo en los adivinos de oficio, los que echan las cartas y leen los signos del
zodíaco en las mañanas. Estas personas serían entonces vacías de energía,
expectativas e incertidumbre. Y por lo tanto, llenos de aburrimiento y de días
grises y atardeceres en blanco y negro. Esto no cuadra con todos los consejos
que dan para ser feliz. Como no cuadra ver un malandro con aparatos
dentales.
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